A él le gustaban las fiestas,
el alcohol y las mujeres;
nada más importaba.
Ya saben, cosas de jóvenes.
Los vicios a él lo controlaban,
una visión de felicidad tenía
demasiado desacertada,
pero luego llegó lo que temía.
Ella era una mujer de bien;
se divertía con medida.
Muy hermosa y sencilla,
joven e inteligente.
Él tenía que hacerla suya,
de una manera u otra.
Para él era un trofeo más,
alguien más por la cual pasar.
Ya había empezado el juego,
pero ella ya lo sabía,
sospechaba lo que él quería;
su destino estaba sellado.
Ella lo compadecía,
aunque no lo merecía;
era un ser perdido
que necesitaba una lección.
Se esforzó por llamar su atención,
para poder llegar a su objetivo,
tantas salidas y conversaciones de todo tipo;
para él, solo acostarse con ella era su intención.
A la hora de la gran jugada,
él se dio cuenta de lo peor;
ya no era un deseo carnal,
quería algo sentimental.
Sin importar qué tanto luchó,
a estos sentimientos sucumbió.
Al final, ella lo rechazó
y esto lo entristeció.
Ahora lo llamaba de vuelta
ese libertinaje que tanto
le gustaba; excesos y fiestas,
muchas mujeres con quien acostarse.
Deseaba volver a sus vicios;
una vez más de ellos gozar.
Pero ya no era lo mismo,
se dio cuenta de este pesar.
Aunque satisfacía sus impulsos,
se metía en lugares peligrosos.
Tenía uno que otro momento de placer,
pero la soledad no podía vencer.
Después de tantas situaciones
de confusión y de arrepentimiento,
le llegó otro tipo de pensamiento,
donde decía adiós a esos escapes.
Así no podía continuar,
cada vez se sentía más solo,
sin cariño y sin afecto,
donde todo era superficial.
Esa vida tenía que dejar,
dejar esos pensamientos egoístas
que le daban tantas horas solitarias;
sin nada realmente que valorar.